domingo, 2 de agosto de 2009

EL SONADO EFECTO MOZART







NEUROCIENCIA
El sonado "efecto Mozart"
La sonata K448 de Mozart puede ser "música para los oídos", pero también para el cerebro. Desde que en la pasada década se detectó por primera vez un aumento de ciertas habilidades tras escuchar su melodía, numerosas investigaciones han tratado de desmentir o confirmar la existencia del llamado "efecto Mozart".
EL SONADO EFECTO MOZART.








En la habitación suena la Sonata para Dos Pianos en Re Mayor de Wolfgang Amadeus Mozart, también conocida como K448. Un grupo de 36 estudiantes la escucha, tal y como les indican los investigadores, durante 10 minutos. Inmediatamente después les someten a unos tests para evaluar su razonamiento espacio-temporal. En las salas contiguas otros dos grupos de compañeros realizan idénticas pruebas, con la única diferencia de haber pasado esa decena de minutos escuchando cintas de relajación unos, y en absoluto silencio otros. Pero, curiosamente, esa mínima diferencia había influido, y las puntuaciones, traducidas para su evaluación a la escala del Coeficiente Intelectual, resultaron ser de 8 a 9 puntos superiores después de escuchar a Mozart frente al resto de las situaciones. La psicóloga Frances Rauscher y el neurobiólogo Gordon Shaw, de la Universidad de California, sacaron a la luz aquellos sorprendentes resultados en 1993, en la revista Nature, sugiriendo por primera vez que la música del compositor austriaco podía incrementar algunas capacidades del cerebro humano. Aquel hallazgo, desde entonces apodado como "efecto Mozart", era muy breve -de apenas 15 minutos tras la escucha-, pero lo suficientemente importante para no dejar indiferente a ningún investigador.
















Dos años más tarde, Rauscher y Shaw ampliaban sus resultados publicando un estudio en el que 79 jóvenes eran sometidos a una nueva prueba. En esta ocasión debían averiguar qué forma tendrían ciertos pedazos de papel después de doblarlos y cortarlos de determinada manera. Una vez obtenidas las respuestas, los estudiantes se dividían en 3 grupos en los que se les exponía, durante 10 minutos, a la música minimalista de Phillip Glass, la sonata K448 de Mozart y silencio respectivamente. Cuando se repitió el test, el grupo que había escuchado a Mozart logró predecir un 62 por ciento más de las formas que la vez anterior, mientras los otros dos grupos sólo mejoraban en algo más del 10 por ciento de sus respuestas. Réquiem para Mozart La controversia estaba servida, y las críticas no tardaron en llegar. Varios investigadores trataron de reproducir aquel efecto sin éxito, lo que les hizo dudar de la fiabilidad del trabajo de Rauscher y Shaw.
















Otros, por el contrario, tuvieron ocasión de comprobar los resultados positivos con sus propios ojos, aumentando así el interés por las repercusiones de la música de Mozart sobre el cerebro humano. Quienes negaban la validez de los resultados argumentaron que se trataba de una interpretación errónea, un artefacto, de los efectos de lo que ellos entendían como un simple deleite musical. Para el profesor Christopher Chabris, quien en 1999 había emprendido una investigación de los resultados de 16 estudios sobre el efecto Mozart, esa acción sobre el estado de ánimo daría una explicación neurofisiológica al aumento de la destreza en tareas espacio-temporales, sin que se produjera en ningún momento un estímulo de las funciones superiores.








Así, por ejemplo, un experimento había mostrado que escuchar a Mozart y escuchar un pasaje de Stephen King parecían aumentar por igual la habilidad de los sujetos en la prueba de doblar y cortar folios, aunque sólo en quienes disfrutaban escuchándolos... A la vista de este y otros resultados, Christopher Chabris y Kenneth Steele anunciaban en agosto de 1999 el réquiem del efecto Mozart. Pero la doctora Rauscher también rebatió estos argumentos. Sus experimentos con ratas, que habían escuchado la melodía de Mozart antes de su nacimiento y durante los primeros sesenta días tras el parto, parecían reafirmar sus primeros hallazgos de 1993 a través de estos animales, pese a que en ellos no había respuesta emocional ante las melodías.
















Además, por entonces Rauscher acababa de concluir nuevos experimentos con estudiantes en los que se comparaban los efectos de la música de Mozart con la del compositor alemán Félix Mendelssohn y, a pesar de que gran parte de los sujetos manifestaron su preferencia por este último, fue Mozart quien logró estimular sus capacidades cognitivas. Parecía que, después de todo, no hacía falta disfrutar con las sonatas para que el compositor diera su "golpe de efecto". "No hay nada de malo en que la gente joven escuche música clásica, pero eso no les hará más inteligentes", había afirmado Chabris.
















Para Rauscher era evidente que el efecto Mozart existía, aunque por supuesto limitado al razonamiento espacio-temporal, sin ningún efecto sobre la inteligencia o la memoria. Partidarios y detractores del efecto Mozart estaban de acuerdo en algo: escuchar a Mozart no aumentaba la inteligencia general. Especulaciones y explicaciones Sin embargo, fuera del entorno científico, la interpretación fue algo diferente... "Cuando se publicó el estudio por primera vez todos los medios se hicieron eco en las noticias", recuerda Lois Hetland, investigadora en la Universidad de Harvard. Los resultados abrieron paso a la aparición de afirmaciones y especulaciones alejadas de toda base científica. En 1998, el gobernador de Georgia (EE.UU.), Zell Miller, ponía en marcha un proyecto para regalar música clásica a todos los recién nacidos en su Estado. "Nadie pone en duda que escuchar música a edades tempranas afecta al razonamiento temporal y espacial que subyace bajo las matemáticas, la ingeniería e incluso el ajedrez", argumentaba en aquel momento el gobernador.
















También el mercado discográfico hacía su agosto con la venta de "Music for the Mozart Effect - Strengthen the Mind", que ha encabezado durante largo tiempo las listas de música clásica. Mientras, los científicos seguían siendo conscientes de que aún quedaba mucho camino por recorrer antes de extraer conclusiones definitivas sobre el "efecto Mozart". Las investigaciones continuaron, desde entonces y hasta ahora, con el escepticismo necesario ante aquello de lo que apenas se sabe aún, sin que eso reste la fascinación a sus trabajos. Una de las líneas de estudio se ha centrado en tratar de dar una explicación anatómica y fisiológica para los resultados positivos obtenidos tras la escucha de las piezas musicales de Mozart. Según algunos científicos, los efectos positivos de estas melodías podrían descansar sobre la forma que tienen la música y la imagen espacial de procesarse en nuestro cerebro.
















Gordon Shaw, uno de los 'padres' del efecto Mozart, había desarrollado a principios de los años noventa la hipótesis de que la actividad musical refuerza las vías neuronales implicadas en las habilidades espacio-temporales de la corteza cerebral. Posteriormente, han sido muchos los estudios que han tratado de situar la percepción musical en este órgano empleando la Resonancia Magnética Funcional, la Tomografía de Emisión de Positrones y los estudios en sujetos con lesión cerebral. Y, como ocurre en tantas otras funciones superiores, la escucha de música parece activar no una sino varias áreas cerebrales. Entre ellas, los componentes necesarios para la apreciación musical como el ritmo, la métrica, la melodía, el tono y el timbre se reparten por zonas del cerebro que se solapan, en muchas ocasiones, con las implicadas en la formación de la imagen mental.
















Esto explicaría la posible relación 'anatómica' entre el razonamiento espacial y la escucha musical. En 1999, el doctor Shaw y el neurobiólogo Marc Bodner usaron imágenes obtenidas por Resonancia Magnética para crear mapas de la actividad del cerebro en su respuesta a tres tipos de música: pop de los años 30, "Para Elisa" de Beethoven y, por supuesto, Mozart. Y de sus experimentos concluyeron que solamente Mozart parecía activar ciertas áreas involucradas en la coordinación motora fina, la visión y otros procesos superiores, todos con un papel supuestamente destacado en el razonamiento espacial. ¿Qué tiene Mozart que no tengan otros? Albert Einstein, que además de un destacado científico era una autoridad en la música de Mozart, aseguraba que "la sonata K448 es una de las más profundas y maduras de todas las composiciones escritas por el compositor". Y tenía más razón de lo que imaginaba... La sonata K448, o sonata para Dos Pianos en Re Mayor, fue la melodía utilizada en los primeros experimentos, dando nombre al nuevo efecto musical.
















Pruebas posteriores con otras composiciones no dieron los mismos resultados, salvo excepciones, y todo parecía indicar que las creaciones del músico austriaco, y especialmente esa composición, tienen realmente 'algo' que las diferencia... Pero, ¿qué? En su búsqueda de los rasgos aparentamente 'únicos' de Mozart, dos investigadores estadounidenses, Huges y Fino, sometieron un amplio rango de música al análisis por ordenador, incluyendo a Mozart, Bach, Chopin y otros 55 compositores. Lo único que lograron encontrar fue una repetición periódica de ciertas 'ondas musicales' a largo plazo (una media de 30 segundos) presente en Mozart y en dos piezas de Bach, y que las diferenciaba de las repeticiones de menor frecuencia (corto plazo) observadas en las restantes piezas musicales.
















Otros estudios recientes han encontrado que un compositor más actual, concretamente el músico griego Yanni, produce música 'New Age' con rasgos similares a ciertas composiciones de Mozart en ritmo y melodía y que también ha mostrado efectos similares sobre las habilidades espacio-temporales de quienes la escuchan. Pese a todo, y aunque la propia Rauscher asegura que no es sólo la música de Mozart lo que produce el efecto, los investigadores no han conseguido aún determinar qué rasgos musicales lo provocan. Música maestro Y no es la única incógnita por resolver. Los experimentos originarios en adultos expuestos a las melodías de Mozart mostraban sólo los efectos de corta duración de escuchar su música. Consciente de esta limitación, la doctora Rauscher ponía en marcha, en 1997, nuevos experimentos relacionados en los que se estudiaban los efectos de la música en grupos de preescolares con edades comprendidas entre los 3 y los 4 años, a los que se impartieron clases de música en teclado durante 6 meses. A lo largo de ese tiempo estudiaron intervalos de tonos, técnicas dáctiles, lectura visual, notación musical y reproducción de melodías de memoria.
















Al final del 'entrenamiento' musical, los niños eran capaces de interpretar melodías sencillas compuestas por Mozart y, otro gran genio, Beethoven. Cuando alcanzaban este nivel, los preescolares eran sometidos a tests de razonamiento espacio-temporal adaptados a su edad, obteniendo un rendimiento un 30 por ciento mejor al de sus compañeros de similar edad, que o bien habían recibido lecciones de informática durante el mismo tiempo o bien no habían sido sometidos a ningún entrenamiento especial. Los efectos en estos niños permanecían inalterables 24 horas después de concluir sus lecciones musicales. Esta mayor duración de los efectos frente a los experimentos anteriores (sólo 10 minutos) fue atribuida a la mayor plasticidad del cerebro infantil y a la larga exposición a la música.
















La diferencia de los efectos de la música entre quienes tocaban algún instrumento y quienes sólo la escuchaban de forma pasiva era algo que ya había sospechado la doctora Rauscher desde sus primeras investigaciones. "Como los músicos podrían procesar la música de forma diferente a quienes no lo son, sería interesante poder comprobar estos dos grupos", concluía en su publicación de 1993 junto a Shaw. En 1995, la investigadora concretaba aún más al apuntar que, quizás, "hacer música podría tener mayores beneficios para la inteligencia espacio-temporal que solamente escucharla". Por su parte, Gordon Shaw ha dirigido también algunas de sus investigaciones en este sentido. En marzo de 1999 publicaba su último estudio, en el que se describía como los estudiantes de segundo grado que tocaban el piano mostraban puntaciones de un 27 por ciento por encima de lo normal en tests de matemáticas y fracciones frente al resto de sus compañeros.
















Y es que, para este neurobiólogo, las matemáticas guardan una relación directa, ya que "al aumentar la habilidad espacial aumenta, a su vez, la destreza en matemáticas". Cosa de genios Junto a la melodía escuchada o los conocimientos musicales de cada sujeto, han ido surgiendo a lo largo del tiempo otras variables, como la atención y la edad, que plantean nuevas incógnitas acerca del efecto Mozart. Para Lois Hetland ha llegado el momento de que "la investigación avance de forma más sistemática hacia el mecanismo", dejando a un lado la preocupación sobre la mayor o menor intensidad del efecto. Si, finalmente, se demuestra la relación entre el razonamiento espacio-temporal y la escucha de algún tipo de música, su consecuencia más inmediata sería, previsiblemente, su utilización en la educación infantil y en el entrenamiento de profesionales como pilotos, ingenieros o arquitectos, todos ellos necesitados de una potente capacidad de 'abstracción' espacial.
















En cualquier caso queda mucho por investigar antes de poder asegurar la existencia de un verdadero "efecto Mozart"... Mientras tanto, no son pocos los que prefieren, por si acaso, ir practicando la escucha de las melodías de este genio de la música clásica. Después de todo, tienen un excepcional ejemplo al que imitar: el creador de la teoría de la relatividad y de la concepción actual del espacio y el tiempo, Albert Einstein.
















De él decían sus profesores que, en sus comienzos como estudiante, mejoró notablemente su rendimiento cuando empezó a tocar el violín. Además, el propio Einstein, que se declaraba abiertamente como un asiduo oyente de la música de Mozart, aseguraba que en más de una ocasión la inspiración le había llegado mientras escuchaba una pieza musical del compositor austriaco.









Autor: Elena Sanz 2001
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